lunes, 5 de abril de 2010

Cuento pacifista


Ya ni se recuerda cuando se inició la guerra. No se inició por el rapto de una reina de otro país, como en Troya, ni por el dominio de unas tierras, ni por cuestiones religiosas. Esta guerra se inició por un caramelo. El pastelero real de Segrenia dio con la fórmula magistral de un caramelo de sabor majestuoso, sólo ideado para paladares regios. Pero los espías de la república de Fajeria robaron la receta y se dedicaron a la producción masiva de dicho caramelo, dándolo a conocer a todos los habitantes de la república. Eso enfureció al rey de Segrenia de tal manera que les declaró una guerra que dura hasta hoy. En ambos bandos los muertos se cuentan por unidades. Es que tampoco se pueden contabilizar muchos más. Son dos países pequeños. Y en ambos países los varones en edad de luchar se encontraban casi todos de baja por una gripe que asoló el reino y la república. Al principio se luchaba con torneos de ajedrez, pero el rey montó en cólera al ver que nadie sangraba, y es que para él era condición inexcusable que en toda contienda hubiera un mínimo de derramamiento de sangre. Para salir del paso se presentaron como voluntarios el gremio de carpinteros, que día si y día también estaban sangrando con cortes varios en su trabajo, pero en vez de satisfacer a su alteza, eso lo enfureció aun más, creando un bando real que decía que todo varón de los dieciséis a los sesenta años que no estuviera de baja por la gripe debía luchar contra Fajeria por el honor de su rey. Se presentaron quince personas.

A su vez, en la república de Fajeria viendo la sed de venganza del rey vecino crearon un bando calcado del Segrenio, solo cambiando el rey por el presidente de la república. Aquí tuvieron más éxito en la convocatoria. Se presentaron dieciséis personas. Y empezó la contienda.

Desde un principio era difícil matar al enemigo porque se escondía muy bien. Las flechas escaseaban dado que el gremio de carpinteros estaba más de baja por los cortes producidos en su trabajo que produciendo flechas. Así que tiraban una y miraban bien dónde caía para ir a recogerla una vez que se hubieran asegurado que allí no había nadie. Para hacer una emboscada, se unían tres o cuatro Fajerios con el fin de sorprender a un Segrenio que creían haber visto escondido tras unos matorrales y cuando se dispusieron a darle caza, se trataba de un jabalí. Esto ocurría a diario. En el bosque que separaba a Segrenia de Fajeria había más jabalíes que soldados, y claro, se confundían siempre.

Cuando se mataba a un Fajerio, el rey lo celebraba con una opípara comida. Cuando se mataba a un Segrenio, la república declaraba ese día fiesta nacional. Así iban pasando los días, los meses, los años, los lustros, los decenios, los no se que más decir, porque se me han acabado los recursos temporales, pero la guerra seguía. Como es de suponer, la gripe terminó y ya eran más soldados en ambos bandos. Pero seguían escondiéndose muy bien.

En todo este tiempo llegó a nacer un niño, Pengarín, en la república de Fajeria. El conoció toda su vida a su pueblo en guerra, y cada vez que preguntaba a su madre por qué existía la guerra, la madre le contestaba que era un invento del Demonio del cual se aprovechaban los reyes malos para querer matar a su país vecino. Pero el niño aprendió en la escuela que la guerra empezó por un caramelo, un caramelo de sabor a ciruela del que nadie compraba ya en la república puesto que le acusaban a él de la maldición de la guerra. Desde que se enteró de ello, Pengarín estaba siempre meditabundo.

Una noche el niño se levantó de la cama, se vistió y salió a la calle. Como si fuera perseguido por el Diablo empezó a correr y atravesó el bosque hasta que llegó a Segrenia. En ella siguió las indicaciones hasta que encontró el palacio real. Se encontró a la guardia durmiendo y entró en palacio. Subió a la habitación real y entró. Se encontró al rey roncando y le fue dando codazos en la cara hasta que lo despertó.

-¿Quién osa?-gruñó el rey.

-Yo, Pengarín-balbuceó el niño.

Como un resorte el rey pegó un brinco de la cama hasta ponerse de pié. Se frotó los ojos como no dando crédito a lo que estaba viendo y cuando pasado un instante se dio cuenta que efectivamente estaba frente a un niño le pregunto:

-Pero vamos a ver, mocoso, ¿tu quién eres? Y lo más importante, ¿cómo Demonios has entrado a mis aposentos?

-Soy Pergarín, del vecino pueblo de Fajeria. Y he entrado por la puerta-contestó el niño.

-Vaya por Dios, un espía, ¡A mi la guardia!-gritó el monarca.

Cuando pasado un momento vio que nadie llegó, exhaló un suspiro y volvió a preguntar:

-¿Y qué quieres, si se puede saber?

-La paz entre ambos pueblos-afirmó categóricamente el niño.

-Jajajajajajajajajajajajajaja-empezó a reír el rey.

-Va en serio majestad. Desde que tengo uso de razón sólo he conocido la guerra. Hace mucho tiempo que no he visto a mi padre. Los dos pueblos están arruinados por un condenado caramelo. Esto no es serio. Le propongo una cosa…

-¿Qué cosa?-interrumpió el rey.

-Aquel de los dos que antes se ate los zapatos y gane, decidirá sobre el futuro de la guerra-propuso Pergarín.

-Jajajajajajajajajajajajajajajajajajaja. Hecho-Le replicó el monarca.

-Vale, pues yo he ganado, puesto que ya los tengo atados y usted va descalzo-sentenció el niño.

-Pero ¿cómo?, eso no vale, es trampa. Me has engañado-dijo enfurecido el rey.

-Usted acató las normas, se acabó la guerra en este preciso momento-entonó triunfalmente Pergarín.

Y así fue que tan ridículamente empezó la guerra como igualmente acabó. Y es que esto no deja de ser un cuento, pero todas las guerras han empezado por un motivo ridículo, llámese A, llámese B. Antiguamente al menos quien las provocaba tenía el “honor” de participar en ellas. Hoy en día ese “honor” lo carga a sus espaldas una serie de personas pagadas con un sueldo, o sea profesionales de la muerte. Este cuento no es más que un alegato a la paz. Estará mejor o peor narrado. Pero no es más que eso. Una semilla más que ojalá germine en un mundo sin violencia.