lunes, 12 de abril de 2010

Enma


Fuera hacia un día de perros. Andrés se encontraba recostado en el sofá sumido en sus pensamientos cuando sonó el móvil. Por el tono de llamada sabía que era Enma. No tenía ganas de hablar con ella e hizo caso omiso a la llamada. Cuando dejó de sonar pasó unos segundos y volvió a sonar la misma melodía. Así se repitió la misma música hasta cinco veces. Él estaba muy dolido con ella por lo que le dijo la última vez que se vieron. Seguramente ella estaría llamando para pedirle perdón o para preguntar cómo se encuentra o simplemente para saber si se le ha pasado ya el enfado. Las relaciones de pareja funcionan así; unas veces se enfada uno, unas veces otro y luego llega el consabido turno del perdón y olvida. Pero Andrés en ese momento no estaba para perdonar y mucho menos para olvidar. Estaba escuchando como la lluvia iba marcando su compás en los cristales de la ventana cuando empezó a rememorar lo ocurrido con Enma.

Fue el domingo pasado cuando ella decidió ponerse el jersey gris marengo que él le había regalado por su cumpleaños hacía ya un año y dos meses. Él pensaba que el tono del jersey le haría resaltar el azul de los ojos de Enma, pero cuando vio que no se lo ponía nunca, simplemente llegó a olvidarse que se lo había regalado. Fue entonces una sorpresa para él verla aparecer con su jersey y efectivamente, le hacían resaltar sus ojos. Felices los dos, decidieron ir a la cafetería Mora a tomar un café. Allí se pidieron un café con leche él y uno solo ella. Hablaron de sus cosas, de sus proyectos en común, de sus idas y venidas. Cuando se tomaron los cafés decidieron dar una vuelta por el paseo de los exiliados. Era un domingo soleado de febrero, y el sol de la tarde estaba ya despidiéndose con sus últimos racimos de luz.
Anduvieron y anduvieron por la plaza cogidos ella por el hombro y él del talle, con fugaces besos en los labios que dejaban adivinar su amor. Pensando en ello, desde la soledad de su piso, Andrés no pudo reprimir que las lágrimas empezaran a brotarles por sus ojos. Ojalá se pudiera quedar con aquella estampa, pero lo amargo vendría después.

-Tengo algo que decirte-le dijo ella con un profundo suspiro y él le contesto que esperara a que llegaran al piso, que tenía una sorpresa para ella, pero le respondió que no podía esperar más, que le estaba quemando las entrañas y tenía que decírselo.-¿Qué es lo que no puede esperar?- le preguntó a lo que ella le contestó que si recordaba la fiesta que dieron sus amigas y ella en el piso de Raquel –Ah si, la que sólo podían ir mujeres- le interrumpió él y ella continuó diciendo que si, que era esa, solo que le había mentido, que no era sólo de mujeres, que fueron unos chicos que conocía Raquel y Laura. –Ah, así que me mentiste- dijo en un tono grave Andrés y ella se quedó un instante mirándolo y le preguntó muy seria que si sabía que le quería mucho, que él era el amor de su vida, a lo que él contestó –No sé a qué viene todo eso. Enma le aclaró que venía a que se emborrachó y folló con uno de aquellos chicos. De pronto él se quiso morir. Le dijo que le dejara en paz y que su historia se había acabado. Y se fue.

Otra vez sonó el móvil con la melodía de Enma. Y Andrés se quedó mirándolo y volvió la mirada hacia la mesita donde tenía la lamparita del salón. En ella había una cajita negra que escode en su interior la sorpresa que le iba a dar el domingo a Enma. La coge, la abre y saca de ella un pequeño anillo de pedida. Lo observa durante un rato y lo vuelve a meter en la caja dejándola nuevamente encima de la mesita. Bueno, ella se lo pierde, pensó.