jueves, 8 de abril de 2010

Mónica


Julián iba conduciendo por una carretera comarcal hacia su pueblo. Estaba cansado de viajar durante todo el día por malas carreteras y no veía la hora de llegar a su casa. Ya le quedaba poco para estar cómodamente relajado en las burbujas de su hidromasaje. Sólo un par de kilómetros más. Ya hacía rato que la noche había hecho acto de presencia y sus párpados cada vez luchaban más tenazmente por mantenerse abiertos. A lo lejos le pareció ver una figura andando por el arcén. Qué raro, pensó. A esas horas le pareció raro que alguien hiciera autostop y más aun que anduviera por esa carretera tan solitaria. Conforme se iba acercando logró distinguir lo que era una silueta femenina, y cuando pasó a su lado cayó en la cuenta que la conocía llegando incluso a pronunciar su nombre. Por su indumentaria era innegable que estaba ejerciendo la prostitución.

El siguiente día era festivo, y Julián estaba en una terraza tomándose una cerveza con unos amigos. Uno de ellos le explicó que Mónica, una antigua novia de Julián estaba saliendo con un conocido ladronzuelo del pueblo, y todos se echaron a reír. Julián calló en aquel momento que la noche anterior la había visto en la carretera en busca de algún cliente. La conversación derivó al instante en un tal Pedro, un compañero de la época de la mili de uno de ellos al que le pusieron el mote de “polla tortuga” porque tenía el pene tan pequeño que en la ducha al contacto con el agua le retrocedía hasta desaparecer. Todos rieron con la anécdota. Siguieron bebiendo cerveza y cada uno contaba sus cosas.

Al anochecer, Julián cenó con su esposa pero esa noche estuvo más callado que de costumbre. Estaba como ido, como pensativo, como en otro lugar. Su mujer no le hizo caso. Hacía tiempo que no le importaba lo que su marido hiciera. Su profesión de representante hacía que pasara muchas horas fuera del domicilio conyugal y ella se acostumbro a él como si fuera una figura espectral. Entre los dos retiraron la mesa y limpiaron los enseres. Vieron un rato la televisión y se acostaron en el más absoluto de los mutismos. Esa noche, Julián no podía conciliar el sueño. Había algo que lo perturbaba, y ese algo estaba en el kilómetro uno de la comarcal 324. Silenciosamente se levantó de la cama, fue a la cocina y apareció en la habitación con una sartén con la que le dio a su mujer en toda la cabeza. Dejó caer la sartén en la cama y se vistió. Puso otra vez el utensilio en la cocina y cogió las llaves del coche junto a las de la casa y salió a la calle. Se montó en su coche y puso dirección a Mónica. Una vez llegó a su altura, bajó la ventanilla del coche y echando la cabeza hacia atrás, como en un acto reflejo para que ella no lo reconociera, le preguntó cuánto. Ella contestó que treinta euros y él le respondió que de acuerdo. Se montó en el coche y le dijo que en el coche no lo hacía, que había que ir a un cortijo abandonado a unos quinientos metros de allí, que ella le guiaba, a lo que él le respondió que de acuerdo. Arrancó el coche y siguió las indicaciones de ella. Al llegar al cortijo se bajaron y entraron. El cortijo estaba medio derruido, con el techo prácticamente desaparecido. En lo que él supuso que sería la estancia principal encontró un colchón viejo y lleno de manchas. -¿Hay no querrás que me tumbe, no?-preguntó Julián a lo que contestó Mónica que no se preocupara, que no iba a hacer falta. Él se quedó extrañado ante la respuesta cuando de una estancia adyacente salió su novio con una navaja en la mano amenazándole con que le diera todo lo que llevaba encima o le rajaba de arriba abajo. Julián se quedó atónito, pero reaccionó plantándole cara, más que nada porque recordó que se había olvidado de sacar del maletero su cartera del trabajo y en ella había por lo menos tres mil euros. Forcejearon durante un rato y el proxeneta le asestó una puñalada en todo el corazón que mató en el acto a Julián. Cuando lo vieron caer, cogieron su cartera, las llaves del coche y se fueron con él de allí.

Tardaron dos días en encontrar a Julián. Su mujer se despertó al día siguiente con un fuerte dolor de cabeza, pero se tomo un ibuprofeno pensando que era una de sus jaquecas. Al no ver a su marido pensó que se había ido al trabajo sin despedirse, como era su costumbre desde los últimos años. Cuando no llegó por la noche, llamó al trabajo por si había ido lejos e iba a pernoctar fuera. En el trabajo sin embargo lo que hicieron fue preguntar por él, puesto que ese día no había ido a trabajar. Al día siguiente un hombre que salió a pasear por el campo y entró al cortijo a hacer sus necesidades se encontró de bruces con el cuerpo. Llamó a los municipales. Fueron ellos los encargados de dar la noticia a su mujer, y ella sólo dijo un: -Ah, vale. En cuanto a Mónica y su novio, dicen que lo han visto por el pueblo vecino.